Publicado en China, Shenzhen

¿CÓMO ES LA PLAYA EN CHINA?

Antes de llegar a vivir en Shenzhen, nunca nos habíamos planteado poder ir a la playa en China, ni tampoco nos habíamos imaginado cómo podría ser. De hecho, creo que es la última cosa que se piensa que se puede hacer al ir a China… pero lo cierto es que sí, hay ciudades, como Shenzhen, que tienen playa y, además, por el tiempo que hace, se puede ir casi en cualquier momento del año.

Situémonos, Shenzhen es una ciudad que está al lado de Hong Kong, en la provincia de Cantón, y se sitúa en el trópico de Cáncer, con lo cual las temperaturas oscilan entre los 20 y 27º C todo el año y la humedad no baja del 70%. Lo único que cambia —y que nos puede hacer distinguir dos estaciones al año—, es la cantidad de precipitaciones, y es que durante los meses de verano el monzón alcanza su punto máximo y los tifones son bastante frecuentes. Para que os hagáis una idea, durante uno de los tifones que vivimos, llovió durante una semana, día y noche, ¡sin parar! (Y no es una exageración).

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Pues bien, digamos que Shenzhen tiene playa, aunque en transporte público se tarda bastante más de una hora en salir de la ciudad y llegar a la costa. Aún así, el primer día de verano que hizo sol, nos subimos al autobús —que paraba a apenas 5 minutos de nuestra casa— y nos fuimos “de excursión” a la playa.

Tras hacer una búsqueda rápida en internet, vimos que había dos playas en Shenzhen, una al lado de la otra: la más cercana a la ciudad, conocida como Dameisha Beach, que es de acceso gratuito, y la otra, Xiaoimesha Beach que es de pago. Decidimos ir a la primera, pese a que los comentarios que leímos no eran nada buenos. La mayoría de la gente decía que era una playa muy sucia y que solía estar abarrotada de gente. Nos arriesgamos porque Xiaomeisha Beach estaba algo más lejos y no estábamos del todo dispuestos a pagar 50 CNY por persona (unos 7€) por entrar.

En cuanto nos bajamos del autobús no había ninguna duda de que habíamos llegado a la playa: palmeras, pisos no demasiado altos con balcones acristalados que daban al mar, puestos que vendían flotadores y trajes de baño (literalmente, “trajes”) e incluso algún que otro chiringuito al estilo chino… es decir, un puesto con brochetas de carne a la barbacoa. Si no fuese por algunos “pequeños detalles”, como los bañadores o la comida, casi parecería que estábamos en la costa levantina española.

Nuestra primera sorpresa llegó en cuanto nos dirigimos a la playa. El acceso a la playa, a cualquiera de las dos playas de Shenzhen, es un acceso cerrado y controlado. Es decir, solo hay un punto habilitado para entrar y otro para salir. Pues bien, antes de entrar, hay que pasar un control de seguridad y después hay que pasar por unos torniquetes. Si eres un ciudadano chino, no hay problema porque basta con escanear el documento identificativo para pasar; pero, si eres un turista occidental es aún más fácil: solo tienes que acercarte y los guardias de seguridad te abren la puerta lateral sin necesidad de que te identifiques.

Entrada a la playa "Dameisha Beach"
Entrada a la playa “Dameisha Beach”
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Salida de la playa “Dameisha Beach”

No sé si es que tuvimos especialmente suerte ese día, pero es que ni la playa estaba abarrotada de gente ni tampoco estaba nada sucia. Sí es cierto que el agua no es que fuese del todo cristalina, pero te podías bañar sin problema. De hecho es que, a los cinco minutos de llegar y extender nuestra toalla en una pequeña zona a la sombra de una de las inmensas figuras de la playa, nos metimos al agua porque el calor era insoportable. Creo que por primera vez llegamos a entender por qué todos los chinos buscaban cubrirse. La mayoría llevaban unos chubasqueros finitos que no se quitaban ni para meterse al agua. Muchos de ellos se bañaban también vestidos. Nosotros nos quedamos en bañador, nos echamos protector solar cada media hora, e incluso estando a la sombra o en el agua acabamos con una insolación increíble. ¡Menos mal que solo estuvimos un par de horas en la playa! Aún así, os aseguramos que estuvimos varios días sin poder apoyar la espalda en el sofá.

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Otra de las cosas que nos ha llamado la atención, aparte de que la mayoría de los chinos no saben nadar y que prácticamente no se meten en el agua a no ser que sea con flotador, es que además las zonas en las que te podías bañar estaban acotadas. Había unas cuatro o cinco zonas acotadas, una al lado de la otra y, entre medias, alguna libre. Nosotros, que como ya habréis podido notar, íbamos siempre a contracorriente de lo que hacía la gente, nos metimos en la zona que había sin boyas. No es que quisiésemos estar llamando la atención, pero es que las otras zonas estaban repletas de enormes flotadores amarillos y era imposible nadar. A los dos minutos llegó el socorrista en lancha haciéndonos señas para que nos fuésemos a la zona acotada.

No creo que haga falta contar que llamábamos muchísimo la atención, y no solo porque decidimos estar dos minutos en la “zona libre”, sino porque éramos los únicos occidentales que había en la playa y, por si fuera poco, casi los únicos que estábamos solo con el bañador. Si habéis estado alguna vez en China, sabréis que es frecuente que te pidan fotos; bueno pues aquel día nos hicimos más fotos que en todos los cuatro meses anteriores. Incluso dimos con un chico que se dedicaba a la fotografía y que nos hizo prácticamente un book entero con una cámara profesional. El chico hablaba inglés y se dirigió a nosotros para decirnos que nos había estado haciendo fotos, nos las enseñó y nos las mandó por correo. Lo mejor de todo es que toda la gente con la que dimos era muy agradable y en seguida intentaban dirigirse a nosotros, fuera en el idioma que fuera, solo por decirnos “hola” y preguntarnos de dónde éramos. Llegamos a mantener incluso una conversación de cinco minutos con un hombre que tenía instalada su sombrilla a nuestro lado, cinco minutos en los que él hablaba en chino y nosotros medio en inglés, medio en español.

Después de esas dos horas intensas y muy divertidas nos fuimos a buscar un sitio donde comer. Justo en frente de la playa había una enorme zona de outlets y algún que otro restaurante. Esta vez sí que sí podías olvidarte por un momento de que estabas en China. De hecho, en una de las tiendas de outlet, estaban sonando reguetón de fondo… ¡surrealista! Pero además de eso, en esta zona había una pequeña iglesia, con su campanario, alguna que otra cabina telefónica de las que te podrías encontrar perfectamente en Inglaterra si no fuera porque aquí eran rosas y, para comer, podías elegir entre el Burger King, el KFC o el Pizza Hut…

 

En la misma zona de las tiendas, había un lago enorme y muy poca gente, así que aprovechamos para dar un paseo antes de volver otro rato a la playa. En realidad, toda esta zona era muy artificial, y hasta parte de las flores que había eran de plástico, pero todo esto estaba rodeado por unas frondosas colinas y, al final, se convertía en un lugar bastante agradable.

 

Volvimos a la playa y ahí fue cuando nos dimos cuenta que lo que habíamos leído en los comentarios de internet no era del todo mentira y que la playa podía estar abarrotada, pero lo estaba partir de las 5 de la tarde que era cuando el sol empezaba a caer. Cada vez iba llegando más y más gente así que decidimos irnos a dar un paseo para ver dónde estaba la otra playa, Xiomeisha Beach.

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Se tarda alrededor de unos 20 minutos andando desde una playa a la otra, pero vale la pena hacerlo, no tanto por ir hasta la otra playa sino por el paseo. Hay un camino que recorre la costa casi a nivel del mar y las vistas son increíbles.

 

Cuando llegamos a Xioameisha Beach nos dimos cuenta de que no tenía nada que envidiarle a la otra playa. Al final y al cabo, las dos eran igual de grandes, las dos eran de arena fina y las dos tenían zonas acotadas en el agua.

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Xiaomeisha Beach

No es que las playas de China sean de las mejores en el mundo, ni mucho menos, pero lo cierto es que al final hemos disfrutado muchísimo el día y lo que cuenta es que ha sido una experiencia algo diferente a lo habitual, a lo que estábamos acostumbrados. Al final, ha sido un día de sortear flotadores para entrar al agua, de posar con y para los que no paraban de hacernos fotos y de “hablar” con todas aquellas personas que se nos acercaban, aunque cada uno lo hiciera en su idioma. En definitiva, un día de esos que se recuerdan con cariño.

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